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Dónde se despertó mi alma?



A mis queridos amigos uruguayos impacientes, un trocito de mi libro Alma del Plata. Un poema largo, que me encanta escribir cuando sopla el viento del Río de la Plata en los rostros de mis niños, versos de muchas páginas que yo no quería acabar jamás.

La poesía me visita cuando estoy con mis hijos en este lugar de plenitud, donde cabalgan los últimos hombres de la Tierra, los gauchos.

La plata: razón de perdición para la alma de muchos. Sin embargo, quiero para mí la plata pura, aquella que uno encontra sintetizando a los momentos en que nos pusimos en segundo lugar y Dios en primero, la fuente inagotable de contemplación, de no poseer a esta tierra sino de pertenecer a ella. Un lugar dónde se encuentran nuestros países en el Sur y donde yo encuentro reposo a mis inquietudes.

Alma del Plata es la vida contada desde el punto de vista de un caballo, Tordillo, lo cual busca descobrir su verdadero nombre y dar un sentido él mismo a su existencia.

Gracias al amigo y poeta argentino Gastón Sironi por la revisión de mi poema en español.


*****

Alma del Plata

Ana Paula Arendt

Soy de acá.

Mi astucia no es mucha

pero mi cariño es inmenso.

Nací en el tiempo en que los hombres

amaban a las mujeres.

Cuando nosotros, los caballos,

les preguntábamos cuándo

tendrían más pequeños seres

que nos miraran por las ventanas

y nos sonrieran agitados.

Nací donde mis padres

decían que

hacían los seres humanos el fuego.

¿Por que lo hacían?

No lo sé. No sé por qué razón hacían

los seres humanos el fuego.

Porque son seres humanos;

y los seres humanos hacen el fuego.

Era noche de luna llena,

el cielo de la orbe clara de Pascuas,

no había oscuridad plena.

Sin embargo las ramas de eucalipto

estallaban en las chispas

con centellas de roces,

parían la luz frecuente

del mutuo interés y amor recíproco

entre la leña y el fuego.

Así hacían los seres humanos el fuego.

¿Por qué lo hacían?

Porque son seres humanos, supongo.

No hacía frío aquel día,

ni lo necesitaban para asar.

¿Por qué, entonces,

hicieron los seres humanos el fuego?

Hacían el fuego, los seres humanos,

sin ninguna razón específica.

Miraban las llamas retorcidas

de éxito al juntar y conocer

el orden de las cosas

como si celebraran el silencio delante de

un hecho respetable y sagrado.

Miraban así, como si desde allí

se transportaran a un lejano palacio inexistente,

de donde finalmente podían

comunicarse con los que vinieron antes,

hasta los primeros hombres,

hasta las primeras madres y niñas,

para decir que lograron vivir y seguir existiendo

tras muchos siglos y hechos.

Su mamá les dijo:

Nosotros hacemos el fuego

porque somos seres humanos;

y los seres humanos hacen el fuego.

Me llaman Tordillo.

Pero no sé lo que significa.

A veces me llaman Tornillo

¡pero jamás atornillé nada!

Y mi mamá me decía:

“Tordillo, jamás desatornilles.”

Así, cuando las multitudes

llenaban de conmoción y odio,

yo me quedaba muy tranquilo.

Ahora estoy en silencio,

pero no por desconfianza

de las pasiones colectivas,

sino por otra razón:

estoy un poco triste.

Porque mi abuelita se murió

y ahora sólo me sobran unas memorias.

No tenemos fotos juntos.

La extraño.

Mi mamá también me decía que

el hecho de no tener larga memoria,

eso sí es una bendición de Dios.

Así todo el día no suele parecer igual,

ni aburrido, y sí algo nuevo e inesperado.

Eso es esencial para los caballos.

Pues nuestra vida es diariamente la misma.

No tengo fotos de mi abuelita;

y mis memorias de ella no son demasiadas.

Somos caballos, vivimos entre nosotros;

pero no siempre cabalgamos juntos.

La verdad es que nuestros verdaderos compañeros son los humanos,

los que nos juntan y nos hacen sentir el viento,

los que nos dan el heno nuestro de cada día,

los que también saben organizar las cosas del mundo,

para que tengamos casa mientras hace frío,

y pasto aun en la seca salobre.

Así que no me restan muchas memorias

de mi abuelita sencilla,

quien dominaba el hacer de esos dulces

preciosos y sabrosos de la convivencia.

Así que esos seres más próximos a mí, todos los días,

me sellaban las espaldas para montarme:

grandes, delgados, altos, chicos...

Me dirigían diciendo adónde debía ir y lo que debía hacer.

¡Caballo! Caballo…

Un día recuerdo como hoy

por una razón que siempre me escapa;

como dije, nuestra memoria es poca.

Y todavía no comprendo.

Fue cuando un jinete de negro oscuro,

Con sobre negro, sombrero negro, en su voz oscura,

me llamó: “¡Caballo!”

Me llamó así, por mi pobre nombre genérico.

Como el señor dice a su esposa,

¡Mujer!, y la mujer dice a su amigo,

¡Hombre!

Así como se llama, ¡Poeta! ¡Niño!

Para al mismo tiempo decir lo que sos

por el modo en que lo hacés.

Me llamó así, como para decirme

algo relevante y sorprendente hacia mi especie.

“¡Caballo!”

Yo llevaba a un niño y mis compañeros

a los otros, con su madre extranjera.

A mí no me gustan los extranjeros.

Pero pasaba distinto con éstos,

pues hablaban en mi lengua

y de una manera que comprendía.

Lo curioso es que entonces mi dueño,

también cambiaba a su lenguaje,

como si hubieran, extranjeros y dueños,

cambiado de cuerpos,

por el mero hecho de encontrarse.

Y ese caballero negro me dijo entonces

Que uno no se llama necesariamente

por el nombre que le dan los hombres,

que adentro de cada ser vivo

hay un nombre verdadero,

uno que sólo a sí mismo puede darse,

algo que muy adentro del alma

apenas cada uno puede decírselo.

Y caminando fue sobre su caballo,

a quien desconozco,

en su cubierta oscura.

Sin duda, yo estoy de acuerdo

con ese caballero misterioso,

que la mamá de mi jinete

dijo ser vigía de caballos,

y no un ser de magia oculta

creada por la imaginación de niños.

Sí, bueno, sí hay algo adentro,

algo tan inaccesible, ineludible,

que nos dice nuestro verdadero nombre,

como en un momento de revelación,

de manifestación anímica

a que corresponda toda la realidad

que uno vivió en su vida,

yo no sé.

Somos no sólo lo que decimos,

somos muchas cosas adentro de otras;

hay que pasar por muchas consideraciones

hasta concluir finalmente lo que hay

en el ámago profundo de nuestra persona,

lo que se repite todos los días

además de nuestras memorias.

Creo que uno debe ser probado;

solamente cuando es probado se le da conocer

a su verdadero nombre,

lo que dije, quién eres en realidad.

Echando así las cáscaras de sus gustos y opiniones,

decantando los propósitos de que se ocupa el día…

Como las espadas de acero

son probadas por los herreros,

quienes saben cómo tomarlas

por sus empuñaduras y guarniciones,

hasta que un simple roce en el hilo

pueda cortar la mano de su dueño,

tras martillado, y martillado, y martillado,

los martillados de las venturas diarias

a que casi todos sobrevivimos, pero pocos vivimos.

Quizás fuera eso lo que ese caballero negro quisiera decirme.

Que hay algo muy adentro,

una esencia inmodificable,

que uno llega a conocer apenas cuando vive,

además de despertar, comer, trotar y dormir…

Pero soy un caballo.

Nací acá en estos campos,

jamás dejé estos valles en que nací.

Eso de descubrirse, de ser probado,

ao es asequible para nosotros que nos contentamos

con el heno seco que nuestros dueños suelen darnos,

que meramente apreciamos el horizonte de aire azul

por arriba de las bóvedas invertidas de las colinas sutiles.

A mí el viento me es suficiente;

muy difícil que un día viva algo tan venturoso

hasta el punto de necesitar buscar en mí

la esencia de que lo que realmente soy.

Muy contento atiendo a ese pequeño,

que con su voz tan preciosa de niño

Me llama Tordillo, y me pide que

trote un poco más rápido, más rápido,

para sentir un poco de miedo.

¡Tordillo!

Está como enamorado de mí, ese niño.

Y me abraza y me da las zanahorias,

eso sí es el paraíso de los caballos,

ser montado por alguien que pesa menos que la silla,

una pluma, y recibir además muchas zanahorias,

y cariños y abrazos y besos.

Y ahora ese niño llora.

Se va.

¿Por qué llora?

¿No puede estar más conmigo?

¿Le gustó tanto montarme,

que no puede estar más en su mundo, sin mí?

¿No tiene comida o campiña para consolarse?

¿No sopla en su casa la brisa que a mí me encanta?

¿Por qué no se queda conmigo?

Los seres humanos… ellos lloran.

Ellos lloran y hacen el fuego.

¿Por qué lloran?

Porque son seres humanos.

Conocen el orden de las cosas, supongo.

Así que, siendo seres humanos,

lloran, y me hacen el fuego.

En mi pecho, hacen el fuego.

*****



Señor Rafael Podesta cavalga en el "Lobo".

Imagenes en Jacksonville, Montevideo, Uruguay, mayo 2018.


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